18.
Alarde: Muestra o exhibición de algo, especialmente de una
cualidad.
Fragmento #1.
Al paso que este alarde y estos esplendores
que no estoy diestro…
(Mark Twain, página 32)
Fragmento
#2.
Se ignoró al filme de
Philipe Kaufman, Letras prohibidas, para la
nominación a los Oscares de este año. Película, director y actor
inexplicablemente no figuran como candidatos a llevarse el galardón. Estamos
hablando, claro está, de los anti-Oscar. De esas producciones que un círculo de
críticos -ellos sí serios- consideran para designar el peor director del año,
el actor, la película, la actriz, etc. En cambio Hollywood, en un alarde de mal
gusto, nomina al fatuo, grosero, desmañado y equivocado (siempre de la mano del
director) Geoffrey Rush en el papel del divino Marqués. El patético adefesio de
Kaufman tiene pocos antecedentes si dejamos de lado trabajos suyos que lo
representan bien y preceden esta su nueva salida en falso. (La insoportable
levedad del ser, Henry y June).
Se subtitula esta
película La leyenda del Marqués de Sade con toda lógica, pues esto da libertad
para crear una versión libre, apócrifa. En la deformación que sufre la
biografía del escritor maldito tan solo corresponde a la historia su reclusión
en el asilo de Charenton. Lo demás es imaginación; simples fruslerías, sin
sustento histórico, ni literario, ni filosófico, acomodadas a un film de época
en principio atractivo.
Letras prohibidas falsifica la obra y la vida de
Sade, la filosofía de sus novelas y su obra política, pero sobre todo aquello
por lo cual tiene un lugar en la historia: el pensamiento, la pulsión
irremediable del libertino, la expresión de los impulsos a los que dio su
nombre. Más cerca de la pirueta del payaso que de la escritura sádica y
perversa, de la simple representación de atmósferas que a la narración, en la
expresión de este desdichado personaje no reconocemos su vocación pedagógica,
revolucionaria, ni la ferocidad de sus invectivas ni sus imprecaciones, como si
apenas nos hubiese legado un monólogo tenuemente licencioso y provocador que no
tuviese otro mérito que la obstinación para el escándalo y la compulsión que
vuelca sobre la escritura.
Así mismo, en esta
parodia se ignora en esencia el pensamiento sadiano mediante el cual el
escritor denuncia la existencia de las fuerzas oscuras que se ocultan bajo las
formas que la sociedad represiva impone como valores morales, como sus
violentas diatribas con las que al final de su vida arranca de un golpe certero
la máscara de la Revolución.
Recomendada para el
espectador que quiera asistir a una falsa versión del personaje histórico.
(El Tiempo, Leyenda Apócrifa,
01 de abril 2001)
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